Un día estabamos
discutiendo sobre algo de lo que yo decía que tenía la razón y ella decía que
ella tenía la razón, y ella dice: - ¿Quieres apostar?
- ¿Qué vamos a
apostar?
- Lo que sea. El
que tenga la razón manda.
- ¿Lo que sea? -
mi mente estaba fantasiando y mis hormonas revolcadas.
- Lo que sea.
Apuesta abierta.
Nos dimos las
manos.
- Es una
apuesta.
Diez minutos
después resultó que yo tenía toda la razón.
- Viste, te lo
dije. Y gané la apuesta.
Se le veía en la
cara la molestia de haber perdido y el temor de que yo podía pedrile lo que
sea, y me preguntó nerviosa: - ¿Qué quieres?
Me le acerqué y
le dije en el oido: - Un fin de semana completo, para mí, en un hotel.
Ella respiró
hondo, bien seria. De haber sido cualquier otra chica hubiera roto la apuesta
ahí mismo, pero Jennifer no, pues ella tenía palabra de honor, por lo que era
respetada en todos sitios. Así que seria y encojonada me dijo:
- Ok. ¿Cuando?
- Mañana es
viernes. Es la noche perfecta.
Así que al otro
día, salimos del trabajo en carros separados, pero fuimos directo a un hotel de
la zona turística. A las 6:00 pm ya estabamos en el cuarto. Yo estaba
emocionado. Ella se veía tensa.
Nos pusimos de
acuerdo para bañarnos y así refrescarnos y quitarnos el peso del dia de
trabajo. Ella se bañó primero, y salio envuelta en una toalla. Yo me bañé
después. Por un segundo temí que se fuera a escapar, pero cuando salí, con una
toalla alrededor de mi cintura, ella estaba sentada en la cama, esperando.
- Bueno, manos a
la obra.
Ella
se levantó y yo halé la colcha de la cama y la puse en una silla. Me acerqué a
ella y le solte el nudo de la toalla, dejandola caer al suelo, descubriendo su
espectacular cuerpazo.
-
Eres la mejor apuesta que he ganado en mi vida. Es una lástima que tenga que
ser apuesta y no de corazón.
-
Sí. Es una lástima. - dijo ella sin cambiar su tono serio.
-
¿Podría poner un poco de más entusiasmo? Tú también puedes gozar.
Yo
me dejé caer la toalla y ella me tasó el bicho de reojo.
Me
le acerqué y le acaricié el cuerpo, le agarré las tetas suavemente y se las
chupé.
-
Si quieres que yo también goce, tienes que dejar que yo dirija la noche.
-
Seguro. Encantado.
Ella
me condujo sensualmente a la cama. Me acostó boca arriba. Sacó de un bulto unos
cables. Eso me sorprendió y me exitó: - No sabía que te gustaran esas cosas.
Ella
me amarró las manos y los pies a las esquinas de la cama, sólidamente. Y me
amordazó con una correa que tiene una bola que metió dentro de mi boca para que
no pudiera hacer sonidos altos.
-
Ahora eres todo mío.
El
corazón me latía a millón. Ella gateó sobre mí y me besó en la boca. Me supo a
gloria. Bajó con la lengua todo el trayecto hasta mi bicho, que ya estaba
parado y me le dio una chupadita. Se levantó y le dio al botón de la luz. Todo
el cuarto se puso negro. No podía ver nada.
Se
que caminó de un lado a otro, porque escuchaba sus paso. Se paró en la cama con
sus pies al lado de mi cabeza e hizo algo en la pared sobre la cama. Luego se
bajó de la cama.
Entonces
agarró algo, la puerta se abrió:
-
Vengo ahora. Necesito algo más para que la noche sea inolvidable.
Eso
me tranquilizó.
Ella
salió del cuarto cerrando la puerta. Todo el cuarto estaba oscuro.
Esperé
un rato. No se cuanto. Ella no llegaba y poco a poco me dormí.
-
¡Roomservice!
Se
prendieron las luces del cuarto y al yo escuchar eso desperté enseguida y vi
que una mujer negra mayor, gorda y fea entró al cuarto, dejando la puerta
abierta.
-
¡Ay Dios mío! - Exclamó la señora al encontrarme amarrado a las cuatro esquinas
de la cama y amordazado.
Yo
hacía ruidos bajos con la boca pero no podía hacerlos muy altos. Me movía
tratando de cubrirme, pero no podía. Estaba totalmente expuesto. La señora miró
algo que estaba sobre la cama. Yo miré para arriba y vi un cartel pegado a la
pered que decía: - ¡Violenme!
-
¡Oh, como no! Nosotras estamos aquí para obedecer sus deseos.
Yo
trataba de decir que no y movía la cabeza. ¿En qué situación me había dejado
Jennifer?
La
señora sale un segundo del cuarto y dijo: - ¡Vengan acá todas! ¡Les quiero
enseñar algo!
Yo
seguía moviendo la cabeza desesperado. La señora regresó. Poco después entraron
tres más y un minuto después dos más. Todas me vieron. Todas se asombraron. Y
todas leyeron el cartel.
-
Este chico quiere que lo violemos.
-
Bueno, el cliente siempre tiene la razón.
Una
de ellas puso el letrero de no molestar y cerró la puerta con el pasador.
Estaba totalmente a la merced de estas mujeres. Las seis señoras se sentaron
alrededor de mí. Yo estaba rojo de tanto que forzejeaba con las sogas y trataba
de gritar. Me comenzaron a acariciar el cuerpo por todas partes. Eran muchas
manos que tenía rozando mi piel. En el pecho, estómago, las piernas, los
brazos, todo a ambos lados del cuerpo. Algunas manos me hacían cosquillas en
los sobacos y otras en las plantas de los pies y en el interior de los muslos.
Yo
seguía forzejeando y gritando como podía, con la bola dentro de mi boca, y
llorando. Temblaba y me sacudía desesperado. Las cosquillas y las caricias me
sacaban de quisio.
-
Esta bien bueno.
-
Mira, tiene la piel bien saludable.
Una
de las mujeres vio que tenía el bicho parado, totalmente involuntario, y me lo
acarició.
-
Es un buen tamaño. Está firme, vigoroso y fuerte. Como todo un joven.
Ella
misma me lo empezó a chupar humillantemente.
Otras
me besaban el pecho, los lados del cuerpo. Una me besó en la boca. Por dentro
sentía el corrientazo de fluidos dirigiendose a mi bicho. Me esforcé como pude
para que no ocurriera, pero era inevitable. El bicho me hizo erupción dentro de
la boca de la señora, quien sacó la boca y siguió masturbándome. El semen me
cayó encima y cayó en los cuerpo de las señoras. Todas se estaban riendo.
-
Mira eso. Mi esposo jamás se ha venido con esa fuerza.
Las
mujeres siguieron acariciándome y besándome hasta que el bicho se me paró otra
vez, como diez minutos después. Entonces una de ella se me acostó encima, mi
bicho entró en su cueva. Su piel descansó sobre la mía. Y comenzó a moverse.
Esto
era insólito para mí. La señora se movía y sus tetas que le guindaban del pecho
se movían de un lado a otro. No tardé mucho en tener otro orgazmo, pero ella no
paró pues estaba buscando el suyo. Y siguió y siguió hasta que gritó, se
estremeció y cayó rendida sobre mi. Ella se me salió de encima. Yo estaba
exausto. Pero las mujeres siguieron besandome y acariciandome. Una de ella me
obligó a mamarle las tetas. Arrugadas y caidas que sabían a desinfectante. Los
besos y caricias me pararon el bicho a los 20 minutos, totalmente en contra de
mi voluntad. Entonces otra mujer se me acostó encima y se movió como una
jitana, saltando sobre mi cadera, las tetas le subían y bajaban. Yo seguía
mamando las tetas de la que me lo ordenó. La jitana me sacó el jugo. Yo pensaba
que el semen tenía suministros limitados, pero estas mujeres me estaban sacando
todo lo que tenía. Ya me dolía por dentro. Me vine inevitablemente. Y ella
siguió en el ajetreo hasta que llegó a su catársis. Al llegar, se me salió de
encima.
Ahora
las mujeres me atacaron a cosquillasos limpios. Dedos por todos lados. Sobacos,
lados del pecho, las tetillas, la barriga, los interiores de los brazos, la
cadera, las entrepiernas y los pies. Me atacaron sin piedad. Yo brincaba y
saltaba en la cama desesperado. Me atacaron por 30 minutos cuando
inevitablemente el bicho se me paró otra vez. Solo una dejó de hacerme
cosquillas. Las demás siguieron con más intensidad. La otra se me trepó encima
con mi bicho dentro de ella y se movía sobre mí. Yo sufría por dentro por la
agonía interna. Todo me dolía, pero también gritaba con la garganta por la
super descarga de cosquillas que estaba sintiendo. Algo indescriptible. Más
fuerte que una explosión nuclear.
Entre
cosquillasos, gritos y sacudidas, las mujer me sacó otra fuente de leche y la
recibió completa dentro de sí misma. Entonces se me salió de encima. Yo tenía
esperanzas de que dejaran de hacerme cosquillas para poder descansa, pero no.
Siguieron sin piedad. Tenía el corazón a millón.
A
los 15 minutos, cuando el bicho se me paró otra vez, adolorido, pero obediente
a los estímulos de los sentidos, otra de las mujeres se preparaba para
clavarme, pero una de ellas exclamó:
-
¡Son las siete! Se nos fueron las horas. Tenemos que terminar el piso antes de
las y media.
Ahí
cesaron las cosquillas permitiéndome descansar. Ellas se vistieron.
-
Adios cariño.
Yo
hacía gestos para que me desataran. Pero me ignoraron y salieron del cuarto
cerrando la puerta. Solo entraban rayos del sol entre las cortinas.
Ahí
me quedé exausto, inmovil, e indefenso. La reservación era de todo el fin de
semana. Lo que quería decir que iba a estar así una noche más. Esto no podía
ser. Pero estaba tan agotado y como no había otra cosa que hacer, me quedé
dormido sin más remedio.
Vine
a despertar varias horas después y estaba desatado y sin la mordaza. Mire para
todos lados y no había rastro de las sogas, ni el cartel de Violenme, o de las
cosas de Jennifer.
Sobre
mi pecho descansaba una nota, escrita por ella que decía: - Espero que hayas
aprendido la leccióón. Conmigo no se juega.
El
lunes llegué primero que ella al trabajo. Cuando pasó por el pasillo, que nos
cruzamos, ella me miró con una sonrisa de cachete a cachete y yo con ganas de
descuartizarla allí mismo. Cada cual siguió su camino como un día normal de
trabajo.
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